Una demanda pública destaca muy por encima de las demás: citar a cuentas a Enrique Peña Nieto. Proliferarán las denuncias más o menos bien sustentadas jurídicamente. AMLO no se compromete a meterlo tras las rejas, pero cada mañana se espera el punto de inflexión en la Mañanera.

El clamor se ha vuelto trending topic. Asociaciones civiles levantan firmas con el propósito de respaldar el expediente de corrupción, concursos amañados y licitaciones fraudulentas de la pasada administración.

Pero el clamor se deshace en las puertas del Palacio Nacional como castillo de arena. La denuncia popular no prospera, los legisladores terminan por hacerse de la vista gorda, tan ocupados en acabar públicamente con el otro granuja de Felipe Calderón. El olvido es el nombre que le damos a la resignación. Quizá porque en el fondo la sociedad intuye que los encargados de armar el expediente y procesar a Peña Nieto, simplemente no dan el ancho, amén de las obvias y esperadas complicidades. En suma, sufren el Síndrome del General del Toro.

Este síndrome tiene su historia. Nació en la Revolución Mexicana. Durante la batalla de Torreón, uno de los principales objetivos de asalto era el cerro de la Pila, dominado por las ametralladoras de José Refugio Velasco. Pancho Villa estaba furioso. En un desplante de rabia, mandó citar a su subordinado, Francisco del Toro y le soltó tajante la orden: “General del Toro, coja usted cien mil hombres y tome el cerro de la Pila”. El General se quitó el sombrero, se rascó la cabeza y le dijo con sinceridad ranchera: “Con perdón de usted, mi general, pero déme nomás quinientos pelados, porque con más me hago bolas”.

No será fácil hacer justicia contra Peña si los responsables sufren el Síndrome del General del Toro, y ante la montaña de cifras y datos que requieren cotejar, se quedan pasmados, rebasados en sus destrezas personales hasta reconocer, farfullando entre dientes: “con perdón de usted, mi general, pero con tanto número me hago bolas”.