Sergio Sarmiento
Periodista

Los Cabos— No es la primera vez que un gobernante utiliza primero a los medios para llegar al poder y después se incomoda ante su trabajo. En ningún caso, sin embargo, el cambio ha sido tan dramático.

Andrés Manuel López Obrador siempre se quejó de los medios, pero en realidad estos le dieron una plataforma envidiable para construir su movimiento. Si bien afirmaba que había un cerco informativo en su contra, la verdad es que, con excepción de unas cuantos medios y periodistas abiertamente opuestos a él, tuvo durante años más puertas abiertas que cualquier aspirante a la Presidencia. Sus presentaciones públicas eran más difundidas, mientras que los conductores pedíamos constantemente entrevistas que él solo aceptaba a cuentagotas. 

López Obrador supo durante años administrar muy bien su presencia en medios. El que no prodigara sus entrevistas, por ejemplo, era frustrante para los periodistas, pero generó un enorme apetito por ellas. Las entrevistas que sí daba, en consecuencia, obtenían altos ratings y marcaban agenda porque eran citadas sistemáticamente por otros medios. 

Desde la Presidencia, en cambio, Andrés Manuel ha ofrecido prolongadísimas conferencias de prensa y ha mantenido una actitud de rechazo a muchos medios, incluso a aquellos que abiertamente apoyaron su candidatura. El Reforma, al que ha calificado de fifí, conservador y neoliberal, así como de tener oficinas de palacio de mal gusto, ha sido el más atacado. Pero de Proceso, un semanario de izquierda, ha dicho que “No se portó bien con nosotros”. Este pasado 31 de octubre el presidente cuestionó también a La Jornada y a TV Azteca y tuvo un momento de confrontación con algunos de los reporteros en su mañanera. 

Un molesto presidente les recordó a los periodistas la frase de Gustavo A. Madero: “Le muerden la mano a quien les quitó el bozal”, pero no es cierto que López Obrador haya eliminado una censura que se sufría con anterioridad. El proceso para construir la libertad de prensa ha sido lento y doloroso, pero hace ya años que el país la goza de manera amplia. El problema es que el presidente tiene una visión de la historia falsa y llena de lugares comunes. El mismo 31 de octubre dijo que Francisco Zarco es autor “del mejor artículo que se escribió al día siguiente de la muerte de Juárez”, pese a que Zarco murió en 1869 y Juárez en 1872. 

Hay que reconocerle al presidente que no ha ejercido actos de censura. Sus cuestionamientos a los medios los hace abierta y personalmente. Su coordinador de comunicación, Jesús Ramírez Cuevas, no llama a las redacciones para dictar línea o quejarse de reporteros o columnistas. La publicidad gubernamental, por otra parte, parece estarse colocando de manera más justa que nunca. Incluso los medios críticos de los que se queja el mandatario llevan publicidad gubernamental que antes se les negaba. 

Las quejas constantes del presidente hacia ciertos medios y periodistas, sin embargo, generan preocupación. Los periodistas mexicanos han sufrido siempre agresiones, y no necesariamente de funcionarios sino de quienes quieren quedar bien con estos. Un mandatario que cuestiona constantemente a los medios y periodistas incómodos puede estar preparando el terreno para agresiones. Hay ciertamente una turba con ánimo de linchamiento que se manifiesta en redes sociales. 

Las palabras pueden ser armas peligrosas. López Obrador no las está esgrimiendo con el cuidado que debería tener un primer mandatario. 

Pervivirá

La misma secretaria de gobernación, Olga Sánchez Cordero, que afirmó que la Ley Bonilla era “una reforma inconstitucional”, ahora le dice sonriente a Jaime Bonilla que “la norma va a pervivir”. ¿No que era un gobierno de gente con principios?