POR: PABLO HIRIART

Durante el cierre de la Convención del Partido Republicano, Donald Trump puso a circular a través de la red social Twitter un spot en el que aparece con Andrés Manuel López Obrador en la Casa Blanca, quien levanta la mano para saludar a las cámaras del anfitrión.

Era un viaje sin sentido demostrable, lo sabemos, y como era de esperarse, la campaña de los republicanos usó a nuestro Presidente.

A eso fue a Washington. A filmar un comercial que Donald Trump usaría, en su momento, para llegar a la comunidad México-americana en estados donde unos pocos votos pueden hacer la diferencia.

El jueves el embajador de Estados Unidos, en uso de sus derechos, lució los boletos que adquirió para la 'rifa del avión' que promueve el gobierno obradorista.

Nuestro Presidente ya había comprado un boletotote al subirse a la campaña de Donald Trump.

No se trata de una elección más en la Unión Americana. Con acierto lo dijo el presidente Trump la noche del cierre de la Convención: “Como nunca antes, los votantes enfrentan una elección entre dos partidos, dos visiones, dos filosofías, dos agendas”.

Por eso la pregunta: ¿qué diablos tiene que hacer el presidente de México trepado en el carro alegórico del carnaval trumpista?

¿Acaso Trudeau hizo algo así? Desde luego que no.

AMLO y Trump tienen dos formas de vida totalmente diferentes, pero en su manera de gobernar el populismo los hermana. Son casi iguales, por no decir idénticos.

Dos populistas que se identifican entre sí. Se lo dijo López Obrador a Trump en una carta pública, días después de su triunfo en julio de 2018:

“En cuanto a lo político, me anima el hecho de que ambos sabemos cumplir lo que decimos y hemos enfrentado la adversidad con éxito. Conseguimos poner a nuestros votantes y ciudadanos al centro y desplazar al establishment o régimen dominante”.

Si se reelige Trump, AMLO sólo deberá frenar migrantes y tendrá carta blanca para seguir haciendo lo que le venga en gana.

De triunfar Biden, la agenda bilateral se extiende a los temas de democracia y cuidado del medio ambiente. Cambia la cosa.

Los que lograron 'desplazar al establishment, como dijo nuestro Presidente, usan con fines propagandísticos los máximos símbolos políticos que unen a todos los ciudadanos de sus respectivos países: la Casa Blanca y Palacio Nacional.

Culpan a los medios de comunicación de actuar contra el interés nacional al publicar investigaciones que los comprometen, o dar relevancia al número de muertos por Covid-19.

AMLO y Trump ven conjuras en los críticos y en opositores que, como en toda democracia, tienen proyectos diferentes al suyo.

En México, López Obrador quiere llevar a juicio a los expresidentes por privatizaciones, reformas, estrategias de seguridad. Es decir, criminaliza a las ideologías contrarias a la suya.

Trump bordea ese camino al llamar a Biden un demócrata de centro durante toda su vida, “caballo de Troya del socialismo” y acusarlo de ser un agente prochino.

Los populistas no pueden convivir en paz con los que piensan distinto. Tienen que atacar y dividir. Y no siempre lo hacen con la verdad.

A Trump le han contabilizado, en sus cuatro años de gobierno, 20 mil afirmaciones falsas. A López Obrador, al 24 de enero de este año, 18 mil 983 (Taller de Comunicación Política, SPIN).

Han dividido a sus pueblos como nunca desde sus respectivas guerras civiles (Revolución, en nuestro caso).

López Obrador y Trump viven en países que, si nos guiamos por los mensajes visuales que emiten desde el poder, no padecen el coronavirus. Lo han dicho, cada quien en su idioma: la pandemia está domada.

Ambos menospreciaron sus efectos. Resultado: ocupan el primer y tercer lugar mundial en cantidad de muertos por Covid-19, enfrentan una recesión devastadora (aunque la Bolsa gane), desempleo histórico, y desigualdad racial que causa protestas sorprendentes en Estados Unidos y mortandad inaceptable en México.

De los enfermos de Covid que ingresan a terapia intensiva del Hospital La Raza, muere 53 por ciento. En otros hospitales públicos, más pequeños, el índice de mortalidad es cercano a 80 por ciento. ¿Y en un buen hospital privado? Sólo muere 5.2 por ciento de los que ingresan a terapia intensiva del ABC (cifras al viernes de la semana pasada).

Ahí está la terrible desigualdad, expresada en muertes en los hospitales públicos de nuestro país, con recortes presupuestales, maltrato a médicos y enfermeras, y contratación improvisada de personal inexperto.

“Primero los pobres”, dice López Obrador.

“Make America Great Again”, dice Trump.

¿Exagero en las similitudes de ambos? Vea por favor esta columna publicada el 26 de este mes en The New York Times, por Nicholas Kristof.

Donde dice Trump, ponga –o agregue– López Obrador:

“‘Hicimos exactamente lo correcto’, dijo Trump en su discurso del lunes’. Ha pasado sin problemas de la fantasía de que el virus ‘desaparecería’, como ha dicho unas 31 veces, a la fantasía de que ya lo ha aplacado.

“Trump inicialmente descartó el coronavirus como si fuera una gripe, se burló de que estaba ‘totalmente bajo control’ e insistió en que desaparecería ‘como un milagro’.

“El presidente se resistió a las máscaras y adoptó las curas milagrosas, algunas peligrosas, como la inyección de desinfectantes domésticos. Alentó a sus seguidores a ‘liberar’ (abrir) los estados con confinamientos y su administración presionó a los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades para que revisaran las pautas de las pruebas para excluir a los que no presentaban síntomas. Ha sugerido que su objetivo es ‘ralentizar las pruebas’, de modo que menos personas den positivo. Eso es como tratar de reducir las muertes por cáncer poniendo fin a las pruebas de detección del cáncer. Trump todavía no tiene una estrategia nacional contra Covid-19”.

Hasta ahí lo publicado en el NYT.

¿Se parecen, o son iguales?

Cada quien sacará sus conclusiones acerca de esta 'hermandad populista' en América del Norte, de la que se excluyó Justin Trudeau, cabeza de uno de los gobiernos que mejor han manejado la pandemia, según el trabajo publicado la semana pasada en Pew Research Center.

Sí, la elección del 3 de noviembre será histórica. Para Estados Unidos, y también para México.