Por: Víctor M. Quintana S.

La pandemia nos está golpeando como nunca. Como a ningún estado de la República. Como si no fueran suficientes los azotes de la sequía y delincuencia. Los hospitales no pueden más, igual que las y los trabajadores de la salud. Tampoco pueden más algunas economías familiares. Y encima de todo esto vienen los enfrentamientos políticos.

Estamos en Chihuahua como señala el Papa Francisco en su encíclica “Tutti Fratelli”, “En las sombras de un mundo cerrado”:

El miedo se ha colocado en el centro de nuestra vida cotidiana. El temor societal al contagio, al contacto con el otro. Al abandono por parte la sociedad y el Estado cuando más se requieren su apoyo y su asistencia. El miedo a no sobrevivir no sólo la pandemia, sino el colapso económico que trae consigo.

Ante la pandemia han surgido dos diferentes movimientos sociales, dice el sociólogo argentino Esteban Torres: un movimiento planetario de autoconservación social. Ahora ponemos la vida en el centro de todas nuestras preocupaciones, nos cuidamos, nos confinamos, nos preocupamos por la vida nuestra y de los nuestros. Nos allegamos medidas de protección y exigimos que las ponga en práctica quien más poder tiene para ello: el Estado.

Paralelo a éste surge otro movimiento: el de despreocupación social. Reviste dos formas diferentes, y se da en sectores sociales muy diversos. Los estratos más bajos tienen que dejar de lado muchas medidas de protección porque para ellos es más importante no morirse de hambre que contagiarse de COVID. Tienen que salir a trabajar, aglomerarse en el transporte público, en los lugares de espera. No tienen más remedio que arriesgarse al contagio.

Otra forma del movimiento de despreocupación social se da sobre todo en estratos sociales medios y altos.  Subestiman o niegan los riesgos de contagio y buscan proseguir su vida cotidiana, sobre todo en el aspecto social, socialista: siguen organizando fiestas, borracheras, carnes asadas, Sus motores principales son el individualismo y el hedonismo. 

En Chihuahua, en México, como también en otras latitudes, ante la pandemia se dan enfrentamientos políticos entre los diversos órdenes de gobierno, sobre todo cuando son de diverso origen partidista. En Chihuahua se llega al apogeo de la confrontación verbal al tiempo que el estado requiere -y recibe- recursos humanos, técnicos y financieros adicionales para el agravamiento de la pandemia.

El confinamiento lo desespera a uno. A más noticias malas de la pandemia, más anda uno como león enjaulado en la casa, cavilando qué hacer para servir de algo. En el caso de otras tragedias colectivas, como huracanes o terremotos, uno puede ofrecer su tiempo, su colaboración activa, o cuando menos, ayuda en especie. Pero, en este contexto de confinamiento, ¿hay algo que se pueda hacer? Tres pistas generales desde nuestro modesto punto de vista:

1)    Estar conscientes que, como pocas veces en la historia, la decisión y la acción de un individuo puede tener graves consecuencias en la colectividad e incluso en la dinámica social. Es el caso del contagio del Covid 19. Esto nos lleva a ser responsables, y tener en cuenta que nuestra forma de ejercer la responsabilidad y el cuidado de los demás es evitar toda situación de contagio.

2)    Aislarnos, quedarnos en casa sin desafanarnos, si deshermanarnos. Sin dejar de pensar cómo desde nuestro confinamiento podemos ayudar a las víctimas de la pandemia o de la crisis económica -desigual- que ha traído consigo. Usar las redes sociales para trascender los muros que la pandemia nos ha obligado a erigir; compartir nuestros recursos- así se hayan visto disminuidos- con la gente que sufre el desempleo, la pérdida de su fuente de ingresos.

3)    Exigir que no se partidice la atención y combate a la pandemia. Como dice el sociólogo catalán Manuel Castells: “La pandemia es demasiado seria como para mezclarla con la política porque es la vida de las personas.” Hace unos días un grupo de chihuahuenses hizo un manifiesto para que se restablezca el diálogo entre el gobierno del estado y la federación y se llegue a acuerdos para atender asuntos tan urgentes como éste.

 

En todo caso la gravedad de la situación que no es coyuntural y va para largo, nos exige crear nuevos pactos. Pactos que nos permitan reconstruirnos como comunidad y como sociedad. Pactos entre nosotros, entre la sociedad civil y la sociedad política. Entre los diversos componentes de ésta, así sean adversarios, pues la vida y lo humano están sobre todas las oposiciones. Aquí es ineludible citar a Francisco en su multicitada Encíclica;

“El aislamiento y la cerrazón en uno mismo o en los propios intereses jamás son el camino para devolver esperanza y obrar una renovación, sino que es la cercanía, la cultura del encuentro. El aislamiento, no; cercanía, sí. Cultura del enfrentamiento, no; cultura del encuentro, sí»