EU.- Corría el año de 1998 en la ciudad de Springfield, Oregon, cuando el adolescente de 16 años Kipland Phillip Kinkel, conocido como "Kip" asesinó a sus padres y a varios compañeros del colegio luego de que voces en su cabeza se lo ordenaran.


Kip había empezado a oír esa "voz maldita" cuando tenía 12 años justo después de un largo día de colegio. Mientras caminaba hacia su casa Kip escuchó una voz masculina que le decía: “Tienes que matar a todos, ¡a todos en el mundo!”. Giró la cabeza, asustado, para ver quién le estaba hablando de esa manera. No vio a nadie. Entró corriendo a su casa, pero la voz lo perseguía. Aterrorizado fue a buscar el rifle que le habían regalado para su último cumpleaños y se abrazó a él. Se sintió protegido. Pero las voces macabras continuaron hablando sin parar, según reseñó Infobae.


Esas voces eran todas masculinas. Una tenía jerarquía sobre las otras. Kip lo sabía muy bien. También discutían entre ellas y, algunas veces, se ponían de acuerdo para humillarlo. Hablaban como si él no estuviera escuchándolas y todo lo que decían era de una violencia extrema. Kip estaba aterrado porque lo amenazaban con decirle a todo el mundo lo raro que él era. Así fue que terminó elucubrando que el gobierno de los Estados Unidos y la compañía Disney se habían complotado para implantarle un chip en su cerebro. ¡Lo que escuchaba eran sus voces! Se convenció de que era así y esa idea se convirtió en su obsesión. Por ellas se enteró de que los chinos invadirían la costa Oeste de los Estados Unidos y, por eso, empezó a juntar armas, cuchillos y explosivos para defenderse.


El joven siguió obsesionado con armarse hasta los dientes. Nada le alcanzaba. Korey Ewert, uno de sus amigos, había robado una pistola Beretta calibre .32, cargada con nueve balas, a Scott Keeney, el padre de otro compañero de colegio.


Korey le dijo a Kip que se la vendería. El miércoles 20 de mayo de 1998, a las ocho de la mañana Kip le pagó 110 dólares y puso el arma en su locker escolar, dentro de una bolsa de papel. Scott Keeney descubrió que le faltaba su arma esa misma mañana y llamó al colegio inmediatamente.


Las autoridades del establecimiento actuaron rápido y a las 9:15, junto con el detective Al Warthen que de casualidad estaba en el colegio, encararon a Kip y le preguntaron si él era quien la tenía. La respuesta los dejó helados: “Miren, voy a ser sincero con ustedes. El arma está en mi armario”.


Los dos alumnos, Kip y Korey, fueron expulsados del colegio y llevados a la comisaría.


Su padre lo recogió en la estación y lo amenazó con enviarlo a un internado; sin embargo cuando llegaron a casa las voces en la cabeza de Kip eran un "griterío infernal" y el joven decidió hacerle caso a la voz mandante fue directo a su closet, sacó su rifle Rutger semiautomático. Lo cargó y caminó hacia la cocina donde estaba su padre sentado a la mesa, Kip apretó el gatillo apuntando a la nuca. Un sencillo ¡pum! y volteó a su padre. Sin titubear, llevó su cuerpo hasta el baño y lo tapó con una sábana blanca. Hecho esto, se sentó a esperar la llegada de su madre. 


A eso de las 6:30 de la tarde la escuchó llegar. Kip la esperó parado, en el escalón superior. Cuando la vio, le dijo de frente: “Te quiero, mamá”. Acto seguido le disparó tres veces en la cara. Ella cayó hacia atrás. Por las dudas, la remató con dos balazos en la nuca y, le dio un sexto, apuntando al centro del pecho, al corazón. Arrastró el cuerpo de su querida madre escalones arriba y la colocó en el baño, junto al cuerpo de su padre.


Sonó el teléfono y Kip atendió. Era un amigo suyo con quien estuvo conversando entretenido durante más de una hora. Estaba sereno y las voces parecían silenciadas. Cuando cortó la llamada, se hizo un tazón con leche y cereales. Comió con hambre mientras leía el diario.


Masacre en el colegio


El jueves 21 de mayo de 1998, por la mañana, Kip se enfundó en un largo impermeable beige debajo del cual escondió varias armas: tres rifles, la pistola Glock 9 mm y su cuchillo de caza. En su mochila llevaba 1127 municiones.


Antes de salir dejó escrita una extraña nota: “¡Acabo de matar a mis padres! No sé qué está pasando. Amo a papá y a mamá tanto (...) Ellos no se merecían eso, lo que he hecho los destruiría, la vergüenza sería demasiado para ellos, no podrían soportarlo. Estoy tan apenado (...) Soy un hijo horrible. 


Desearía haber sido abortado. Destruyo todo lo que toco (…) Eran gente maravillosa. Mi cabeza no funciona bien. Maldigo, Dios, las voces que hay dentro de mi cabeza (...) Deseo morir, debo irme, pero tengo que matar a gente, no sé por qué. ¡Tengo tanto pesar! ¿Por qué permitió Dios que yo hiciera eso? Nunca he sido feliz. Yo sólo quería ser feliz. Quería que mi madre estuviera orgullosa de mí. No soy nada. (...) Estoy solo, siempre me encuentro solo. Sé que tengo que ser feliz con lo que tengo pero odio vivir. Estoy tan lleno de rabia que siento que algo me presiona constantemente. Mi cabeza no funciona bien, oigo voces dentro de ella. Soy el Diablo. Deseo matar y provocar dolor gratuito. Me odio por haberme convertido en esto. ¡El amor apesta!”.


Se subió a la Ford Explorer de su madre y se dirigió a la secundaria Thurston. Estacionó y fue caminando hasta el colegio por un atajo. A las 7:55 de la mañana ingresó con dos rondas de disparos en el hall principal. Las balas golpearon de manera mortal a Benjamin Walker, de 16 años, e hirieron a Ryan Atteberry. Kip se apresuró a ir hacia la cafetería del colegio donde había unos 200 estudiantes. Descargó su rabia con 51 tiros más. En esa ruleta rusa montada por Kip mató al estudiante Mikael Nickolauson, de 17, y provocó heridas a otros 25.


Luego, apuntó con su rifle al estudiante Michael Crowley y cuando apretó el gatillo se percató de que se había quedado sin balas. Cuando Kip intentó cambiar de rifle, un estudiante de 17 años, Jacob Ryker, lo tackleó y lo tiró al piso. El hermano de Jacob, Joshua, y los hermanos Doug y David Ure junto a Adam Walberger se unieron para mantenerlo inmóvil sujetado contra el suelo. Kip se retorció y se las ingenió para sacar su Glock y disparar otra vez hiriendo a Jacob.


Benjamin Walker murió después de ser transportado al hospital y luego de que sus padres llegaran a despedirlo.


El resto de los heridos, incluido Jacob Ryker, fueron internados por sus heridas. Jacob estuvo en estado crítico a causa de un pulmón perforado, pero se recuperó y terminó siendo un héroe. Los estudiantes que participaron en el desarme de Kip Kinkel fueron condecorados por su valor.


Fue sentenciado a 111 años de prisión, sin embargo hay un debate sobre si esta pena es acorde a su enfermedad, lo que ha hecho incluso cambiar las leyes en Oregon.


Tomado de Infobae.