Por: Víctor M. Quintana S.

La primera vez que crucé una boleta electoral fue por Doña Rosario Ibarra de Piedra, candidata a la Presidencia de la República por el Partido Revolucionario de los Trabajadores en 1982. Sólo una figura, sólo una lucha como la de ella hicieron que muchos de quienes pensábamos que las elecciones eran ilusiones y traiciones al pueblo abandonáramos nuestras posturas abstencionistas. 

Ya había calado hondo en la conciencia nacional esa pequeña mujer torbellino, que derramaba vida por todos los poros. Sólo desde su gran amor por la vida se puede explicar su infatigable brega por la presentación con vida de su hijo Jesús y de todos los hijas e hijos desaparecidos en la guerra sucia sin fin en este país. Sus huelgas de hambre de 1978 a las afueras de la Catedral de México cuestionaron tanto a tantos que, un grupo de alumnos del Seminario Regional del Norte, en Chihuahua fueron a expresarle hasta allá su solidaridad, con el apoyo de su rector, el Padre Camilo Daniel, a pesar de la molestia de algunos obispos. Porque conocer, tratar, escuchar a Doña Rosario, no podía dejarlo a uno impasible. 

En 1988 fue candidata otra vez a la Presidencia de la República por el PRT. Aunque muchos de quienes la lanzaron inicialmente, terminaron apoyando la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas, ella fue fiel a quienes la propusieron y siguió hasta el final, pero de inmediato se unió a la protesta contra el fraude electoral, junto al gran despojado del triunfo, el Ingeniero Cárdenas y Manuel Clouthier, candidato del PAN. 

Presente en todas las gestas populares y de la izquierda desde mediados de los años setenta, Doña Rosario le confirió densidad ética, legitimidad incuestionable a cada una de ellas: las luchas por los derechos humanos y la democracia; la fundación, a principios de los ochenta del Frente Nacional contra la Represión y, cuando nos impusieron el neoliberalismo, del Frente Nacional por la Defensa del Salario, contra la Austeridad y contra la Carestía.

Sin dejar un milímetro lo suyo, sin renunciar a sus causas fundamentales, Doña Rosario aceptó -y honró con ello- la invitación de los partidos políticos de izquierda a ser su candidata: por el trotskista, Partido Revolucionario de los Trabajadores fue candidata a la Presidencia de la República en 1982 y 1988.  Aunque muchos de quienes la lanzaron inicialmente, terminaron apoyando la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas, ella fue fiel a quienes la propusieron y siguió hasta el final, pero de inmediato se unió a la protesta contra el fraude electoral, junto al gran despojado del triunfo, el Ingeniero Cárdenas y Manuel Clouthier, candidato del Infaltable en las campañas por la presidencia de López Obrador y en la movilización tras el despojo calderonista en 2006. Acompañante, inspiradora, autoridad moral en la lucha del EZLN y de los esfuerzos organizativos desde abajo que de ahí surgieron. 

Tuve el privilegio de pertenecer como ella al grupo parlamentario del PRD en la LVI Legislatura de la Cámara de Diputados. Sus prioridades eran muy claras y nada la desviaba de ellas: llevar a la máxima tribuna del país la lucha de las madres de los desaparecidos, la voz del EZLN y de los indígenas... No se perdía en los recovecos parlamentarios ni en las grillas partidistas. Con la misma pasión y valentía que le expuso a Echeverría, a López Portillo, a De La Madrid, a Salinas su demanda innegociable de “Vivos se los llevaron, vivos los queremos¡¡ subía a la Tribuna mientras todas y todos, de izquierdas y de derechas la escuchábamos con admiración y respeto.

Doña Rosario le dio densidad moral y profundidad ética a medio siglo de luchas populares, de movimientos sociales y procesos políticos de la izquierda en México. Insistió con su pequeña figura y enorme presencia que las banderas de la vida, de la justicia, de la dignidad, de los derechos humanos, son causas que deben infundir el espíritu de todas nuestras luchas y acciones ante el poder, por el poder e incluso contra el poder. 

A Ella, que supo gritar por la vida en medio de un entorno de muerte, su lucha la mantendrá siempre viva, aun después de su muerte.

 Será por eso por lo que quiso irse en los días de la Pascua.